Cuando bajé de comprobar que mi coche continuaba intacto, escuché la extraña canción; al principio, pensé que la cantaban unos gitanos que subían por las escaleras de hormigón hacia el mirador, comprobé con un giro de cabeza hacia ellos, que la melodía distorsionada no provenía de sus gargantas mientras seguía bajando por la carretera, ya que el sonido me sorprendió desde otro ángulo, entonces la vi, era una señora mayor, que tras unas rejas negras, que protegían la ventana, no sé si de Ella misma o del mundo, musitaba una letanía interminable. En principio, pensé que se trataba de alguna canción del verano repetida sin fin en un tono monótono, carente de sentimiento, de ritmo indefinido, y sin embargo, era atrayente, hipnótico, como la seductora mirada del abismo cuando invita al suicida a abrazarlo. Llegué debajo de la ventana y la miré fijamente, me detuve a observar los detalles del concierto improvisado; era casi una anciana, su rostro reproducía fielmente las heridas del tiempo y su justicia inapelable, los rasgos eran acartonados, oscuros como la oscuridad del encierro, de la privación de la libertad aprobada por la pedantería de la vergüenza y el falso argumento de su incapacidad mental; pero juro que de esa carcasa condenada, carcomida, a simple vista vacía de vida, provenía una música añeja, arrítmica, perdida en el subconsciente colectivo, aséptica, carente de lírica, hueca, vacía, enloquecida, pero al fin y al cabo música; monosílabos encadenados con un fin inconsciente, alienado pero magnífico, el de hacer del aire un instrumento capaz de conmover, de hacer rielar el alma. Como los primeros, guturales, intentos de nuestras madres ancestrales de calmar la llantera de sus retoños en la inhóspita oscuridad de las cavernas antes de que existiera la palabra. Aquella pieza de arqueología condenada a la penumbra de una habitación, olvidada por los prejuicios insanos de la todavía latente España profunda hacia los retrasados mentales, intentaba reproducir los ecos de una canción insinuada tal vez a través de la puerta cerrada con llave, ladrada por un televisor siempre encendido, a todo volumen, para acallar los lamentos, que como aplausos inmisericordes, se sucedían a intervalos irregulares terminada la canción de la nada, la melodía del estertor y el olvido; y cientos de capullos de claveles blancos de celulosa, se arracimaban debajo de la ventana, como el fantasmal reconocimiento de un público inexistente, en el escenario sucio de la esquina que colinda la calle Briquets con las escaleras que suben hacia el mirador desde el que se puede contemplar gran parte de Barcelona, la ciudad natal del Padre al que nunca conocí, de las hermanas a las que tampoco conocía, la ciudad hermosa, cosmopolita, a la que escapaba en cuanto los compromisos laborales me lo permitían, la ciudad a la que la solista desastrada, sus padres, otros completos desconocidos, nunca le permitirían asomarse más allá de los lindes de esa visión encuadrada en un parking de reciente construcción, unas escaleras, una curva ascendente de asfalto y partes traseras de coches empotrados entre los pinos que habían sobrevivido a la masacre arquitectónica. Aplaudí la malograda interpretación de la que sólo yo fui testigo, como el homenaje al abandono que todo ser humano sufre en algún punto de su existencia, algunos durante toda ella; la miré a los ojos, esos ojos vibrantes, húmedos, que reclamaban como polillas nerviosas la limosna de una luz, de una mirada amistosa, despojados para siempre de una ternura que debería ser lícita a toda mujer y todo hombre, porque todos somos hijos del éxtasis y su limbo de papel en blanco en donde escribir una historia. Ella ( la mujer ) pareció responder a mi mirada, y sin saber cómo, sin haber conocido nunca esa mueca en el rostro, pareció esbozar una sonrisa, enmarcada junto a esas pupilas verdes que se mecían como juncos en el barro de un rostro modelado sin fin por días iguales de agua turbia.
David Omsk 06-07